Fe en busca de eficacia (fe cristiana y compromiso histórico en favor de los oprimidos)

La fe se verifica en el compromiso histórico con los oprimidos

Desde mi lectura, alrededor del año 2018, del libro La fe en busca de eficacia, del pastor metodista José Míguez Bonino, cambió profundamente mi comprensión de la veracidad de la fe cristiana. Allí descubrí una idea que desde entonces ha orientado mi reflexión: la autenticidad de la fe no se demuestra principalmente en la adhesión a doctrinas abstractas, sino en la praxis histórica.

La historia de la Iglesia lo confirma. Hubo cristianos que defendieron el apartheid, mientras otros arriesgaron su vida para combatirlo. Existió una iglesia que juró lealtad al Führer, pero también una Iglesia Confesante que resistió al nazismo. En América Latina hubo iglesias que legitimaron las dictaduras militares y el orden capitalista, mientras otras defendieron los derechos humanos, acompañaron a los trabajadores y denunciaron la represión. La fe no puede juzgarse únicamente por sus confesiones doctrinales; debe examinarse por el lugar histórico desde el cual se posiciona.

Leyendo El Capital de Marx, particularmente el capítulo VIII, sección III, sobre la explotación laboral en la Inglaterra industrial, reflexioné nuevamente en algo semejante. Mientras algunos líderes religiosos contribuyeron a preservar el orden social existente, otros cristianos, como Frederick Denison Maurice, sectores del metodismo laico y posteriormente el Ejército de Salvación, rompieron con esa pasividad y desarrollaron iniciativas concretas en favor de los trabajadores y los sectores más vulnerables. Incluso dentro de una misma tradición religiosa, la fe podía convertirse en un instrumento de legitimación del orden o en una fuerza de transformación social.

Hoy, en 2026, al mirar los acontecimientos recientes de Chile, observo una realidad similar. El estallido social de 2019 puso de manifiesto distintas formas de comprender el compromiso cristiano. Algunas iglesias identificaron la paz con el restablecimiento del orden político y económico existente. Otras procuraron escuchar el clamor de quienes denunciaban desigualdades estructurales y abusos persistentes. Más recientemente, una parte importante del mundo evangélico expresó su apoyo electoral a José Antonio Kast, convencida de que un proyecto político de derecha garantizaría estabilidad económica y orden social.

Sin embargo, la realidad cotidiana continúa marcada por salarios insuficientes, precarización laboral y un aumento del desempleo, situación que experimento personalmente. A ello se suman propuestas orientadas a debilitar derechos laborales históricamente conquistados, como la eliminación de la indemnización por años de servicio o una mayor flexibilización de la jornada laboral. Todo ello plantea interrogantes profundas sobre el tipo de sociedad que estamos construyendo.

Quizá las formas tradicionales de organización política ya no logren convocar como en otros tiempos. Sin embargo, la necesidad de organizar a los oprimidos permanece intacta. Esa organización puede adoptar nuevas formas, pero sigue requiriendo hombres y mujeres capaces de compartir un horizonte común, sostener principios irrenunciables y perseverar en la defensa de la dignidad humana frente al individualismo y la comodidad.

Desde esa convicción, sigo creyendo que la fe cristiana demuestra su verdad en la historia. Una Iglesia fiel al Evangelio no puede limitarse a formular doctrinas correctas; debe discernir los signos de los tiempos y asumir una opción concreta por quienes sufren la injusticia, la exclusión y la explotación. La veracidad de la fe no se mide únicamente por lo que confiesa, sino también por el lugar desde el cual actúa. Allí donde la Iglesia se compromete con los oprimidos y trabaja por su liberación, el Evangelio de Cristo se hace visible en la historia.





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