Seminario de Maestros/as: Sembradores de la fe
Sembradores de la fe: La educación bíblica como proceso vivo: fundamentos pedagógicos y herramientas pastorales
Autor: Jonathan Larenas C.
Seminario «Sembradores de la fe»
Sábado 29 de agosto de 2026
Texto base: Mateo 13:18-23 (Marcos 4:12-20; Lucas 8:11-15).
Introducción: La siembra y la educación bíblica como un proceso vivo
I. Hito vs. Proceso
El ciclo agrícola no termina con la siembra. Incluye la preparación del suelo, la colocación de la semilla, las labores culturales o de cultivo, la cosecha y la poscosecha, tras la cual comenzará otro ciclo agrícola. Por ende, la siembra es un proceso y no un mero hito.
Así también, la educación bíblica en nuestras Escuelas es un proceso vivo, dinámico y en constante movimiento, que no se acaba en el hito dominical de 45 minutos o una hora cada semana.
Implica:
a) Relaciones de acompañamiento.
b) Relaciones de aprendizaje y desarrollo.
Estas relaciones desembocan en vidas y entornos transformados («el fruto al ciento, al sesenta y al treinta por uno») y, a su vez, dan lugar a un nuevo comienzo.
II. Explicación de la parábola.
La parábola que Jesús explica a sus discípulos es una «parábola de contrastes»: un inicio modesto frente a una cosecha milagrosa que supera toda expectativa humana.
Es también una parábola de esperanza frente al desánimo.
Que esta parábola muestre el recorrido desde el inicio —la siembra— hasta el final —la cosecha— no significa que no haya trabajo durante el camino o el proceso. Veremos más adelante que esto no es así.
Es precisamente en este camino y proceso —en su inicio, desarrollo y fin— donde Dios nos llama a ser «sembradores de la fe» y «colaboradores de Dios». No porque Dios no sea autosuficiente o no pueda actuar por sí mismo, sino porque, en su voluntad, le ha placido llamarnos a ser parte de su obra: sembrar la semilla del Reino de Dios y desplegarla en su creación para su gloria.
«Yo planté, Apolos regó; pero el crecimiento lo ha dado Dios. Así que ni el que planta es algo ni el que riega, sino Dios, que da el crecimiento. Y el que planta y el que riega son una misma cosa; aunque cada uno recibirá su recompensa conforme a su labor. Porque nosotros somos colaboradores de Dios, y vosotros sois labranza de Dios, edificio de Dios.
1 Corintios 3:6-9»
El milagro del crecimiento, entonces, no cancela nuestro trabajo: le da sentido y nos sitúa responsablemente dentro del proceso. Somos llamados a sembrar, cultivar, cuidar y acompañar; a conocer la tierra, preparar el terreno y emplear las herramientas adecuadas, reconociendo, al mismo tiempo, que no podemos producir por nosotros mismos el crecimiento.
Preguntas para el auditorio
- Cuando pensamos en el campo, en la siembra y la cosecha, ¿qué elementos o momentos se nos vienen de inmediato a la cabeza? (Preparación de la tierra, siembra, cuidado del cultivo, cosecha, poscosecha, etc.).
- Y cuando pensamos en nuestra Escuela Bíblica, ¿qué elementos y momentos se nos vienen a la mente?
Síntesis
Fíjense en la riqueza de lo que acabamos de nombrar. Tanto en el campo como en la iglesia, lo que tenemos no es una acción aislada de un instante: tenemos un conjunto vivo de elementos que interactúan entre sí. Un proceso vivo cuya relación fundamental es la de educador-educando, mediados por la Palabra.
Hoy queremos ordenar esa experiencia viva en los elementos constitutivos del proceso.
Para abordar estos elementos que constituyen y forman parte del proceso educativo, vamos a plantear las siguientes preguntas:
¿Dónde? ¿Qué? ¿Quién y cómo? ¿Para qué?
En la base de este proceso hay una relación entre educador y educando, mediados por la Palabra de Dios.
Ahora bien, estas preguntas no deben entenderse como pasos lineales de un proceso. El proceso educativo es vivo, relacional y está en movimiento. Por eso, más que cuatro etapas, son cuatro preguntas desde las cuales podemos aproximarnos a este proceso.
Vamos con la primera.
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1. ¿Dónde se siembra? La tierra: el educando
A. La agricultura antigua y la agricultura moderna
La parábola del sembrador (Mateo 13:1-9, 18-23) nos indica que las semillas sembradas al boleo caen en diferentes terrenos: junto al camino, en pedregales, entre espinos y en buena tierra.
Una lectura superficial podría darnos a entender que el sembrador era un tanto displicente en su forma de realizar el trabajo agrícola. Sin embargo, así era la forma de sembrar en la Galilea del tiempo de Jesús: se sembraba antes de labrar la tierra. El sembrador de la parábola camina sobre el rastrojo sin arar. Se comprende por qué siembra sobre el camino: intencionadamente, siembra el sendero que los habitantes del pueblo han ido haciendo en el rastrojo, ya que este ha de desaparecer al labrarlo. Siembra deliberadamente entre las espinas que, marchitas, están en terreno baldío, pues también serán labradas.¹
En la agricultura contemporánea tecnificada, conocer las condiciones concretas del terreno permite tomar mejores decisiones sobre la siembra. Se analiza el suelo mediante un análisis edáfico, considerando su composición —arcillosa, arenosa o franca—, su capacidad para retener o drenar agua, su pH, sus nutrientes, su porosidad y su grado de compactación.
También importa cuándo sembrar. Si se siembra demasiado temprano, una helada puede dañar el brote; si se siembra demasiado tarde, la falta de agua puede impedir que la planta se desarrolle adecuadamente.
También es necesario acondicionar el terreno y considerar la profundidad a la que se deposita la semilla. Si queda demasiado superficial, puede secarse o ser comida por los pájaros; si queda demasiado profunda, puede dificultarse su germinación.²
Todo esto nos muestra algo muy sencillo: no existe una siembra separada del terreno concreto en el que se siembra.
Así también, en la enseñanza bíblica extraemos algunos principios sobre el análisis del terreno, es decir, del sujeto.
1. Sembramos en terrenos reales, no ideales
La tierra es diferente. Tiene irregularidades, piedras, zonas más fértiles y zonas más difíciles de trabajar. Y es sobre ese terreno concreto, y no sobre el terreno ideal que imaginamos, donde hemos de trabajar en conjunto.
Por eso, no se puede educar al sujeto ideal que imaginamos; educamos al sujeto concreto que tenemos delante.
2. Sembramos en una tierra viva —sujetos—, no en un objeto
Sembramos sobre personas vivas, no en un depósito de información al cual un iluminado entrega datos.
El educando ya posee una historia, conocimientos, experiencias, preguntas, inquietudes y una determinada manera de relacionarse con el mundo. Detrás de cada persona hay un nudo de relaciones.
No olvidemos que esas historias, relaciones y tensiones también están en nosotros, pues también nosotros somos tierra.
3. En el proceso de siembra vamos conociendo el terreno concreto: su historia, sus inquietudes, sus anhelos, sus capacidades, sus dificultades y sus sueños
No se trata de diagnosticar a la persona desde fuera. La vamos conociendo paulatinamente en la propia relación educativa.
Así como quien siembra necesita conocer las condiciones del terreno, nosotros necesitamos conocer a la persona concreta con la cual estamos trabajando.
Jesús, nuestro ejemplo de Maestro, no se relaciona con personas ideales, sino con personas reales, situadas en una historia, en relaciones y circunstancias particulares. El encuentro parte de esa realidad y, desde ella, abre un camino de transformación.
Jesús y las personas concretas:
1. Jesús y la mujer samaritana (Juan 4:1-42)
Jesús se encuentra con una mujer situada en una realidad concreta: tiene una historia personal, pertenece a un pueblo determinado y vive en medio de un conflicto religioso y social.
Jesús no comienza simplemente entregándole una enseñanza abstracta, sino que entra en diálogo con ella desde su situación concreta. El encuentro va profundizando hasta tocar aspectos centrales de su vida y de su comprensión de Dios.
2. Jesús y Zaqueo (Lucas 19:1-10)
Zaqueo tampoco aparece ante Jesús como un individuo abstracto. Es una persona cuya vida está marcada por su posición social, su relación con el dinero y el rechazo que experimentaba por parte de otros.
Jesús entra en relación con él y se encuentra con su realidad. Ese encuentro produce una respuesta concreta: Zaqueo decide transformar su relación con sus bienes y con las personas a quienes había perjudicado.
3. Jesús y el joven rico (Marcos 10:17-31)
El joven rico llega ante Jesús con una historia y una determinada comprensión de la vida religiosa. Ya conoce y practica los mandamientos.
Sin embargo, el encuentro revela que poseer conocimientos y prácticas religiosas no significa que todo esté resuelto en la vida de una persona. Jesús le invita a sanar aquello que constituye un obstáculo para él: su relación con las riquezas.
No se limita a entregarle más información; pone en cuestión su manera concreta de vivir y lo invita a dar un paso más.
Este análisis edáfico —análisis del terreno— no es un elemento para enjuiciar, condenar ni manipular. Su propósito es conocer la tierra real: sujetos vivos, personas reales, sus historias y dolores. Se trata de compartir también nuestras propias historias y dolores, y buscar en conjunto ser sanados por el Maestro mediante su Palabra.
Pregunta para la reflexión
Cuando preparamos nuestras clases, ¿estamos pensando en personas reales, concretas, con sus propias historias, capacidades, dificultades y preguntas? ¿O estamos imaginando personas ideales que debiesen responder, según nuestro querer, al mensaje que queremos transmitir?
Referencias:
¹ Jeremias, J. (1970). Las parábolas de Jesús. Verbo Divino.
² Instituto de Investigaciones Agropecuarias (INIA). Boletín Técnico N.º 207 y 240.
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2. ¿Qué se siembra? La semilla: la Palabra viva, syníēmi y la praxis
Todos sabemos, intuitivamente, que lo que se siembra es la Palabra de Dios. Esta Palabra es semilla de vida, con potencia transformadora. Cambia vidas y hace presente el Reino de Dios.
La Palabra no es algo que meramente se dijo —en pasado—, sino que dice —en presente— para transformar la realidad.
Esta Palabra no es solamente algo que escuchamos y pensamos; es una Palabra que llama a responder y a vivirla. En ella, reflexión y acción no están separadas: lo que comprendemos está llamado a traducirse en nuestra manera de vivir.
Esta Palabra posee dos aspectos intrínsecamente unidos:
a) Acción.
b) Reflexión.
Si es solo acción, cae en el activismo: hacer cosas por hacer.
Si es solo reflexión, cae en la palabrería: decir cosas por decir.
Fijémonos especialmente en el versículo 23 del capítulo 13 de Mateo:
«Mas el que fue sembrado en buena tierra, este es el que oye y entiende la palabra, y da fruto; y produce a ciento, a sesenta y a treinta por uno.
Mateo 13:23»
Quien cae en buena tierra es descrito como aquel que «oye, entiende (syníēmi) y da fruto».
La secuencia es significativa:
Oye → entiende → da fruto.
La Palabra no termina en el oído ni en la comprensión intelectual. La comprensión verdadera desemboca en fruto.
El término griego syníēmi implica juntar las partes, discernir e interiorizar. El fracaso de la siembra superficial (v. 19) radica justamente en no comprender: cuando la semilla no penetra, queda expuesta y se pierde. Precisamente aquí se busca unir la comprensión con la acción.
La Palabra llama a comprender y a vivir; reflexión y acción están unidas.
La pregunta que surge de inmediato es: ¿quién y cómo deposita esta semilla viva para que no quede en la superficie? Porque la semilla no va sola desde el morral o costal hacia la tierra: necesita de alguien que la siembre.
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3. ¿Quién y cómo se siembra? El sembrador —educador— y sus herramientas
Al introducir al sembrador, completamos la relación fundamental del proceso educativo: el encuentro vivo entre educador y educando, mediados por la Palabra. Esta labor exige ciertas actitudes.
A. Actitudes del sembrador —educador—
Fe, esperanza y amor. Compromiso real con las personas y certeza activa de que Dios obra en el educando y de que la siembra dará fruto.
Humildad pedagógica. Enseñar y ser enseñado. Hay que reconocer que el maestro no lo sabe todo; la Palabra viva lo interpela y confronta primero a él, tanto durante su preparación como en la clase. Aprende enseñando.
Responsabilidad y preparación. Quien reconoce el valor de la semilla y de la persona que tiene delante no puede reducir su tarea a la improvisación.
B. Las herramientas pedagógicas, pastorales y espirituales: ¿cómo?
La verdadera educación no consiste en la improvisación ni en llenar la memoria con datos que «machacan» al educando; consiste en articular métodos, herramientas pastorales y prácticas concretas.
1. Planificando: la ventana de siembra y el trabajo colectivo
La primera herramienta del sembrador es no improvisar la labor.
Así como el agricultor determina la «ventana de siembra» y organiza las etapas del cultivo según el clima y la tierra, el equipo de maestros —o el maestro— planifica en conjunto los objetivos y contenidos.
Esta planificación no impone un programa abstracto y desvinculado, sino que se diseña en equipo y en estrecha sintonía con la edad, el contexto y las necesidades reales de los estudiantes.
2. Dialogando: preguntar, escuchar y asombrarse
El modelo dialógico de Jesús:
Jesús no fue un repetidor de respuestas de manuales. Enseñó mediante preguntas intencionadas que profundizaban —siembra profunda—, tensionaban y demandaban una postura consciente.
- En el día de reposo (Marcos 3:4): «¿Es lícito en los días de reposo hacer bien, o hacer mal; salvar la vida, o quitarla?».
- Sobre el tributo (Mateo 17:25): «¿Qué te parece, Simón? Los reyes de la tierra, ¿de quién cobran tributo?».
- Parábola de los dos hijos (Mateo 21:31): «¿Cuál de los dos hizo la voluntad de su padre?».
Superación de la pregunta de manual
Si preguntamos: «¿Cuántos días estuvo Jonás en el pez?», la respuesta es un número memorístico: «tres días».
Si hubiesen sido dos o cuatro días, nada cambiaría en la interiorización y la vida del educando. Es una siembra superficial que acumula datos sin exigir discernimiento.
Memorizar no basta.
La pregunta problematizadora
El arte pedagógico formula preguntas que tensionan la realidad y conmueven el corazón del educando:
- «¿Por qué Jonás prefirió huir antes que llevar misericordia a Nínive?».
- «¿Qué sentimos nosotros cuando Dios nos pide tratar con compasión y perdonar a alguien que nos ha ofendido en la escuela o el barrio?».
La capacidad de escuchar y asombrarse en el diálogo: el modelo de Jesús
Jesús no ejerció una docencia cerrada. En el diálogo cotidiano fue capaz de escuchar con reverencia, asombrarse genuinamente ante las respuestas de otros y transformarlas en enseñanza para toda la comunidad.
- El centurión romano (Mateo 8:10): Al escuchar la respuesta del militar extranjero, Jesús se maravilló (ethaúmasen) y dijo a los que le seguían: «De cierto os digo que ni aun en Israel he hallado tanta fe». Reconoció la fe de un extranjero y la utilizó como lección viva para sus discípulos.
- La mujer sirofenicia (Marcos 7:24-30; Mateo 15:28): Ante la agudeza, la fe y la humildad del argumento de la mujer, Jesús valoró profundamente su respuesta y la reconoció públicamente: «¡Oh mujer, grande es tu fe; hágase contigo como quieres!».
En nuestra práctica, el maestro debe cultivar esta misma capacidad de asombro: escuchar con atención sincera las dudas, reflexiones y expresiones de fe de los estudiantes, descubriendo que Dios también nos habla y nos instruye a través de ellos.
3. Acompañando: aprendizaje, mediación y desarrollo
Así como el cultivo requiere labores continuas de riego y desmalezado, la educación bíblica exige un andamiaje pastoral de acompañamiento.
Aprendizaje y desarrollo
El educador brinda apoyo y mediación para que aquello que inicialmente requiere ayuda pueda realizarse progresivamente con mayor autonomía.
Como en el cultivo, acompañar no significa crecer por la planta, sino proporcionar las condiciones y los apoyos necesarios para su desarrollo.
Acompañamiento integral y constante
Se trata de caminar juntos, aprendiendo y desarrollándonos. La labor formativa no concluye el domingo; se extiende a la semana a través de la escucha atenta, la visita, la contención en momentos de crisis y el fortalecimiento de redes de apoyo —el cuerpo de Cristo, la comunidad—, tal como Jesús acompañó pacientemente a sus discípulos en la vida cotidiana.
4. Cultivando la espiritualidad: las disciplinas espirituales como sostén
La oración, el ayuno, el estudio bíblico comunitario y el compromiso con la justicia no son ritos aislados; son prácticas que sostienen espiritualmente al sembrador y mantienen viva la comunión con Dios, quien es el único que da el crecimiento soberano a la semilla sembrada.
Preguntas dialógicas al auditorio
- Cuando enseñamos en la clase, ¿hacemos preguntas para verificar si el niño memorizó un dato inerte —como cuántos días estuvo Jonás en el pez— o formulamos preguntas que realmente lo desafíen a pensar cómo actuar en su vida diaria?
- Siguiendo el ejemplo de Jesús —que no tuvo reparos en asombrarse ante la fe de un centurión (Mateo 8:10) o de una mujer sirofenicia (Marcos 7:24-30)—, ¿nos permitimos ser enseñados e interpelados por las preguntas de nuestros estudiantes, aprendiendo juntos a la luz de la Palabra para transformar la realidad?
- Pensando en nuestra labor como sembradores, ¿de qué maneras concretas estamos acompañando el crecimiento, las dudas y las presiones de nuestros educandos durante la semana, fuera del aula dominical?
Síntesis
Las herramientas no siembran por sí mismas. Adquieren sentido en las manos de un sembrador que conoce la tierra, reconoce el valor de la semilla y sabe hacia qué fruto orienta su trabajo.
¿Para qué?
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4. ¿Para qué se siembra? La cosecha, el fruto y el nuevo ciclo vivo
El proceso educativo, que implica:
a) Relaciones de acompañamiento.
b) Relaciones de aprendizaje y desarrollo,
debe desembocar en vidas transformadas.
Esos frutos pueden manifestarse de diversas maneras, sanando las relaciones del educando en todas sus dimensiones: con Dios, con sus semejantes y con su entorno.
A su vez, estos frutos poseen en sí mismos la potencia de la semilla para volver a iniciar un nuevo proceso vivo.
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Conclusiones y exhortación
Abordamos nuestra labor no como un hito puntual, sino como un proceso vivo, dinámico y en constante movimiento.
Este proceso se basa en una relación fundamental entre educando y educador, mediados por la Palabra. En el diálogo, la reflexión y la práctica, el acompañamiento y el desarrollo mutuo, va desembocando en vidas transformadas: una cosecha con frutos que superan toda expectativa humana, obra del milagro de Dios, que a su vez renueva el ciclo vivo de la siembra.
- La motivación es confiar en Dios, aun en los inicios modestos o insignificantes. En los inicios pequeños, Dios hace grandes milagros.
- Sembremos con esperanza y amor la semilla de la fe.
- Trabajemos con reverencia en nuestra vocación de ser sembradores y colaboradores de Dios, sembrando la semilla del Reino en la historia.








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